La Educación Argentina un laberinto

 Horacio Sanguinetti  “La educación argentina un laberinto”                                                      se advierte una saludable conmoción general: la sociedad se intranquiliza al advertir la
degradación de un ámbito que fue su orgullo. Y se pregunta acerca de
las razones de tal degradación: ¿a alguien le importa de verdad la
educación?, ¿hubo al respecto un plan destructivo orgánico?,
¿solamente desidia, ineficacia, aun estulticia en los responsables?,
¿deserción de la familia?, ¿deterioro del docente, pauperizado y
desmonetizado?, ¿cambio de pautas culturales, ante el avance de un
mundo de medios, imágenes, frivolidad? No creo demasiado en las
teorías conspirativas, pero sí en la insidia y la desidia de muchos que -
cualesquiera que fuesen sus intenciones- han logrado aniquilar una
estructura educativa ejemplar.
Ciertamente las causas son múltiples e intentaremos desbrozarlas.
La familia actualmente deserta de su misión pedagógica; los arquetipos
son reemplazados indignamente. La legislación educativa es arbitraria y
odiosa. La brecha entre educación eficaz y educación para pobres se
acrecienta. El maestro -huero de formación razonable- desaparece en
la ecuación enseñanza-aprendizaje. La escuela se limita a contener y
alimentar sin enseñar nada: el calendario escolar se regula por el
turismo, el facilismo destruye todo esfuerzo, la promoción resulta casi
automática, se repudian las sanciones por “traumáticas”, pero también
¡los premios! La mejor juventud emigra, “se inutiliza para el país”, como
dijo Echeverría.
Al cundir una desesperante mediocridad, la lectura devino en un
hábito arcaico, el mal uso del lenguaje la aniquila. Los progresos
tecnológicos, que deberían ser auxiliares pedagógicos esenciales, se
convierten en cerriles enemigos. Se hace gala de la ignorancia, hay que
ser lindo, rico y famoso, la educación no interesa a los poderosos.
Quizás en las palabras sí, pero poco en los hechos.
Aunque todavía la excelencia resista en ciertos “bolsones”, la escuela
primaria conserve algo de sacerdocio y ciertas universidades -como la
calumniada Universidad de Buenos Aires- preserven una sorprendente
eficacia, la crisis está y se la ve. Este proceso da la idea de estar
prisioneros en un laberinto, como bien observa René Balestra. Se
impone entonces una acción racional, un llamado al sentido común, que
permita encontrar la salida.
Frente a esta “catástrofe educativa”, como acertadamente la califica
Guillermo Jaim Etcheverry, las personas están reaccionando, per se o
desde instituciones como las academias nacionales o las propias
esferas del poder. Parece indispensable formular un diagnóstico -en
rigor, sobreabundan- y una terapéutica -ésta, menos manifiesta-, que
nos ponga en el difícil sendero de la recuperación mediante un proyecto
concreto. Tenemos elementos suficientes: una tradición gloriosa, una
sorprendente abundancia de “materia gris” que compensa la sangría
permanente de los mejores, de los que marchan incesantemente al
exilio exterior o vegetan en el exilio interior. Siempre aparece quien los
supla, honre nuestra cultura, aliente nuestra esperanza en una suerte
de inacabable reemplazo que, tememos, alguna vez se agote.
La Argentina se encuentra a la defensiva, maltratada, avergonzada,
culposa. No hay mayores presagios que fortalezcan nuestro visceral
optimismo. Debemos comenzar ya a diseñar un proyecto de país,
aunque no se lo vea, todavía, por ningún lado: Atenas del Sur, polo
cultural, tecnológico o el que sea. Y es necesario empezar por la
educación, aventando por lo pronto, corajudamente, las teorías falsas,
las leyes pretenciosas e impracticables, los métodos equivocados, la
infinita estupidez humana. Cada uno en su esfera, con sus armas, con
sus posibilidades, con su propia inteligencia.
Desde estas páginas procuraremos aportar nuestra experiencia, sin
tecnicismos ni lenguaje hermético, para la obra común que resulta
absolutamente perentoria.
))((
1. El descalabro educativo
(fragmento)
Una vez cada tanto, la sociedad se conmueve al recibir una prueba
tangible de nuestro esperpento educativo: los exámenes de las
facultades de La Plata, Mendoza o Córdoba,1 un desastroso informe de
la UNESCO que nos humilla con estadísticas abrumadoras -ocupamos un
deshonroso 67º puesto, a nivel mundial, en gasto educativo-, o una
fenomenal antología del disparate, particularmente en el terreno del
conocimiento histórico.
Según algunas respuestas recogidas en La Plata, la guerra fría
parece haber sido una en la cual muchos soldados murieron por las
bajas temperaturas; la caída del muro de Berlín aplastó a Hitler; Fidel
Castro y “María Isabel Dualdhe de Perón” fueron presidentes
argentinos, etc. Pero la mayor maravilla la formula alguien que,
interrogado acerca de por qué San Martín regresó a Europa para liberar
a su patria, explica que lo llamó “su mamá, doña Eulogia Lautaro”2.
Estas y otras afirmaciones resultan tan cómicas -si no fuesen patéticas-,
que alguien podría pensar que tuvieron una intención provocadora.
Pero sería demasiado bello para ser cierto. Implicaría sutilezas
intelectuales de las que estamos lejos. Simplemente, en el caso límite
de doña Eulogia, puede sospecharse que alguien sopló sin la nitidez
necesaria.
En realidad, la respuesta histórica mamarrachesca es bastante
frecuente, y de antigua data. Recuerdo precisiones memorables, que
algún aspirante a contador supo darme, como esta integración de la
Junta
de Mayo: Saavedra, Moreno, Paso, Azcuénaga, Larrea, Pasteur...
Y quienes seguían un proverbial programa dominical de preguntas y
respuestas tipo ping-pong, atestiguaban el horror permanente.
1 En abril de 2004, en el primer turno de la Facultad de Medicina de la Universidad de
La Plata ingresaron 304 alumnos sobre 1.298, y en el recuperatorio 240 alumnos más.
2 Pero no somos los únicos alarmados. En “El hombre que lee vale dos” (La Nación,
17 de diciembre de 2004) Umberto Eco nos informa que el 29% de los jóvenes
italianos creía que el Decamerón, de Bocaccio, era un departamento de diez
ambientes, y el 36%, una marca de vino tinto.
A veces, la desmesura del error proviene no del desconocimiento,
sino de algo más grave: la incapacidad de entender lo que se lee, la
falta de dominio sobre el elemental instrumento cognoscitivo que es el
lenguaje. Así, aquel alumno que porfiaba que Colón era negro porque,
como finalmente se verificó, el libro lo calificaba de “oscuro navegante”.
Pero aunque se trate de vicios de larga tradición, la estadística actual
de fracasos escolares es verdaderamente inaudita. El único que aprobó
matemática entre 58 alumnos del Instituto Provincial de Educación
Media de Río Cuarto reconoció que “en el año no estudiamos casi
nada”3.
Y si se dice que de cuanto se enseña en el secundario nada sirve,
respondamos con el ejemplo de la niña británica que, habiendo
estudiado la mecánica de un tsunami en el colegio, llevó a muchos a
lugar seguro, cuando el mar se retiró para volver catastróficamente el
26 de diciembre de 2004 en Phuket, Tailandia.
Frente a la enormidad de la catástrofe, parece que las autoridades
han girado en una polea falsa. Se quiso demostrar actividad, presentar
soluciones y sólo se logró una agitación babélica. La modificación del
sistema de promoción -por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires-, la
discusión de teorías entre pedagogos que hace veinte años no dictan
una clase, la reelaboración de contenidos, etc., son conductas
totalmente intrascendentes.
3 “Admiten que se estudió poco este año”, La Nación, 27 de febrero de 1999.
 Cristina Suárez





 

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